miércoles, 19 de abril de 2006

Introducción a los Modelos

“We cannot distinguish what is real about the universe without a theory...”
Stephen Hawking (1993), Black Holes and Baby Universes and Other Essays, Londres: Bantam Books


La base del método científico es el desarrollo de modelos intelectuales o teorías cuyas predicciones son luego sujetas a evaluación científica. En rigor de verdad, el valor real de estos modelos radica en las predicciones que permiten hacer. Si estos modelos son o no son ‘verdaderos’ no es crucial, ya que solo poniendo a prueba sus predicciones es que puede exponerse su fraudulencia. Aún así, una teoría puede resultar errónea y al mismo tiempo haber sido muy útil al estimular nuevas investigaciones. De hecho, muchas de las mejores teorías son autodestructivas, al provocar nuevos interrogantes y al conducir a nuevos hechos que ellas mismas no pueden explicar. Las únicas teorías inútiles serían aquellas que no pueden ser puestas a prueba. Puesto así, el quid de tales modelos sería el intento por refutar sus predicciones. La refutación exitosa forzaría a la revisión de cada modelo. Luego, el modelo revisado permanecería como la ‘verdad’ hasta que sus predicciones sean, a su tiempo, refutadas. Así, todo modelo debería persistir solo mientras pueda resistir su refutación.

Un modelo o teoría sería, por ejemplo, la ley de gravitación universal, la cual establece que dos objetos se atraen con una fuerza (la gravedad) que es directamente proporcional al producto de sus respectivas masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que los separa. Este modelo es uno de los que nos permite entender la dinámica del universo. Lo comprobamos a diario: la gravedad se verifica experimentalmente. No obstante, estos modelos o teorías encierran una paradoja: no podemos distinguir lo que es real sin una teoría, pero no tiene sentido preguntarse si una teoría se corresponde con la ‘realidad’, porque no conocemos lo que es la realidad independientemente de una teoría. Lo único relevante (y útil) de un modelo es que sus predicciones pueden ponerse a prueba y comprobarse, o bien refutarse.

En el campo de la fisiología del ejercicio, por ejemplo, existe un modelo para explicar algunos de los factores que determinan el desempeño atlético: el modelo cardiovascular-anaeróbico. Según este modelo, el sistema cardiovascular tiene una capacidad limitada de proporcionar oxígeno a los músculos activos, especialmente durante un ejercicio de intensidad máxima. Como resultado de esta limitación funcional, durante el ejercicio vigoroso se alcanza un punto en el cual la demanda de oxígeno de los músculos supera la capacidad de provisión, causando el desarrollo de hipoxia (concentración de oxígeno reducida) o incluso anaerobiosis (ausencia de oxígeno) en los músculos esqueléticos. Esta hipoxia estimula un aumento de la producción de ácido láctico (lactato), a medida que los músculos activos comienzan a producir una creciente proporción de su energía a través de la ‘glicólisis anaeróbica’ (degradación de glucógeno en ausencia de oxígeno). La acidificación del medio intracelular resultante inhibe la acción de las encimas que producen el mecanismo de contracción del músculo y el atleta se ve obligado a bajar el ritmo o detenerse.

Consecuentemente, el modelo cardiovascular-anaeróbico predice que el factor más importante que determina el desempeño atlético es la capacidad del cuerpo humano para transportar y utilizar oxígeno. Según este modelo, el entrenamiento incrementa la ‘aptitud cardiovascular’, especialmente aumentando la capacidad máxima del organismo para consumir oxígeno (VO2max). Este efecto resulta de una capacidad acrecentada del corazón para bombear sangre oxigenada (gasto cardíaco) y de una capacidad mejorada de los músculos para consumir oxígeno. Estas adaptaciones retrasan la aparición de la anaerobiosis muscular durante el ejercicio intenso, reduciendo por ende la concentración de lactato en la sangre y en los músculos a intensidades por encima del denominado ‘umbral anaeróbico’ y permitiendo así que los músculos activos continúen contrayéndose por más tiempo, a mayores intensidades, antes de que se manifieste la fatiga. Asimismo, estos cambios incrementan la capacidad de los músculos para utilizar grasas como combustible durante el ejercicio, mejorando así la resistencia general.

La mayoría de los planes de entrenamiento para mejorar el desempeño atlético se diseñan en base a este modelo. Pero tal como se había mencionado, todo modelo útil es susceptible de ser puesto a prueba. Ahora bien, ¿qué sucedería si se pudiese refutar este modelo, si se pudiese demostrar que no se cumple en todos los casos? Es más, ¿qué sucedería si se pudiese demostrar que la acidosis láctica no solo no es culpable de la fatiga, sino que es benigna y juega un papel fundamental en el mecanismo de contracción muscular? ¿Qué sucedería si los cambios fisiológicos descriptos más arriba no estuviesen causalmente relacionados con una mejora en el desempeño, o un retraso en la aparición de la fatiga, sino que ocurren en paralelo con otras adaptaciones que son las ‘verdaderas’ causas de la mejora del desempeño atlético?...

domingo, 9 de abril de 2006

Seis preguntas

“I keep six honest serving men,
(They taught me all I knew);
Their names are What and Why and When,
And How and Where and Who.”

Seis hombres fieles tengo al mando
(Me han dicho cuanto sé);
Se llaman Qué y Dónde y Cuándo,
Y Quién, Cómo y Por Qué.

Rudyard Kipling (1865-1936)
Just So Stories, “The Elephant's Child”, 1902


Esta vieja rima de Kipling suena como un eco a través del tiempo y es el fundamento sobre el cual se basa todo sistema lógico de logros. Tanto en el desarrollo atlético, como en el diseño y construcción de una pieza de equipamiento de precisión, estos “seis honestos servidores” permiten llevar a cabo el trabajo con relativa facilidad y certeza. Ellos representan las seis preguntas más importantes que deberían responderse para construir un plan de entrenamiento efectivo:
  • ¿Qué debe hacerse?
  • ¿Por qué se hace?
  • ¿Cuándo debe hacerse?
  • ¿Cómo se hace mejor?
  • ¿Dónde debe hacerse?
  • ¿Quién debe hacerlo?
A primera vista, cuando el atleta y el entrenador están tratando de diseñar un plan de entrenamiento específico, las respuestas a estas preguntas pueden no resultar demasiado obvias:

Qué define los detalles de cada sesión—por ejemplo, correr una cierta cantidad de veces subiendo una colina que tiene una longitud y una pendiente determinada, con un tiempo de recuperación específico entre cada esfuerzo. También define los objetivos globales del plan de entrenamiento.

Por qué
identifica la razón para utilizar una zona de entrenamiento fisiológica específica, o grupos musculares determinados, que son desafiados en cada sesión de entrenamiento.

Cuándo
se refiere a la hora del día o al punto de un ciclo de entrenamiento particular cuando el desarrollo del sistema que va a ser estimulado es más sensible o seguro.

Dónde
requiere tomar una decisión sobre el mejor lugar para que se haga el trabajo—una pista de atletismo versus una colina herbosa, o un gimnasio versus una sala de pesas. También puede referirse a programar campamentos de entrenamiento en ubicaciones específicas para aprovechar el clima, la altitud o las instalaciones especiales.

Cómo
apunta a decidir sobre el mejor método para desarrollar el sistema en cuestión—por ejemplo, series en el llano o en cuestas versus ejercicios con pesas libres (o ambos) para desarrollar la fuerza (o la potencia, o la resistencia) en los músculos extensores de la pierna.

Quién
se refiere a la especialidad/evento o al nivel de desarrollo—¿el atleta es un corredor de 800m o un maratonista? ¿un corredor al principio o cerca del final de la temporada o de su carrera?

Buscando continuamente respuestas a estas preguntas, el plan de entrenamiento llegará a ser cada vez más razonable y estará mejor sintonizado. Y así lo será también la calidad del producto final, a saber, un atleta convertido en un competidor muy en forma y capaz. Siempre contesta estas preguntas—ellas concentrarán la mente maravillosamente (en las palabras del venerable lexicógrafo Samuel Johnson) y asegurarán que no queden piedras sin dar vuelta en la busqueda por producir un atleta que esté, al mismo tiempo, libre de lesiones y en la mejor condición en el momento apropiado.


Extractado de David E. Martin and Peter N. Coe, Better Training for Distance Runners, Chap. 5, “Developing Running with Periodization of Training”, pp 167-8.

lunes, 3 de abril de 2006

El Propósito

Imaginando como arrancar con NSK, pensaba en algo básico que sirviera, al mismo tiempo, como punto de partida y como marco de referencia para el tratamiento de futuros temas. Pensé en un glosario de términos de entrenamiento, en los principios básicos de entrenamiento, en los modelos fisiológicos actuales...

Temas básicos para algunos, tal vez, pero ninguno de ellos me servía para ilustrar el propósito de NSK. Entonces, recordé que todo esto comenzó con una pregunta básica, esa que todo atleta y entrenador debería tratar de responderse regularmente: “¿Cuál es el propósito de esta sesión de entrenamiento?”

Y no me estoy refiriendo exclusivamente a conocer el objetivo fisiológico de un determinado trabajo y su inclusión en un plan, lo cual es sumamente importante, sino a hacerse esa misma pregunta en cada sesión, día a día, y responderla de una manera que tenga sentido para esa jornada. Uno puede hacer una excelente planificación del entrenamiento, pero las circunstancias de la vida hacen que las condiciones cambien y puede que sea necesario reconsiderar lo planificado.

La misma pregunta debería hacerse un corredor que copia o comparte la misma planificación con otros corredores. “¿Cuál es el propósito de esta sesión de entrenamiento?” Aún cuando se trate de atletas de un mismo nivel, entrenando para la misma prueba y con un objetivo similar, es muy posible que su respuesta al entrenamiento sea diferente.

Por otro lado, no propongo ignorar lo que hacen otros atletas destacados, porque de allí podrían resultar ideas o esquemas de entrenamiento sumamente efectivos. La idea es no copiarlos directamente, sino tratar de analizarlos y evaluar cuáles son los sistemas involucrados, cómo se benefician y por qué.

En definitiva, recordemos siempre que somos individuos, seres humanos con características propias, y debemos entrenar con eso en mente para tener éxito. El desafío es intentar no aplicar recetas calcadas, sino entender el organismo del corredor y exigirlo en su justa medida con un entrenamiento basado en principios científicos.